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Juan de la Rosa y la cultura del folletín 1

 

Juan de la Rosa: ¿novela (pseudo-autobiográfica) o memorias?

La historia interpretativa de Juan de la Rosa la considera como la novela nacional boliviana. En los últimos años se ha renovado el interés en esta obra en parte gracias, primero, a su inclusión como (la primera entre) las 10 o 15 "novelas fundamentales" bolivianas (ver Mesa Gisbert; García Pabón) y, segundo, a su re-edición de 2010, en la serie "Letras Fundacionales" de Plural Editores (Aguirre 2010). Ambos fenómenos crítico-editoriales suscitaron productivos debates en torno a lo que constituye una obra "fundacional" o fundamental, y a la autoría de Juan de la Rosa. En este ensayo entraré tangencialmente en estos debates, y en el segundo en particular, a partir de una re-lectura de la novela en su contexto periodístico.

La edición de 2010, a cargo de Gustavo V. García, menciona su publicación en el folletín de El Heraldo, un importante periódico cochabambino, fundado en 1877 y que saldrá por varias décadas, pero se basa en la primera versión publicada en foma de libro por la misma imprenta de El Heraldo, en septiembre de 1885, en homenaje a las conmmemoraciones cochabambinas del 14 de septiembre de ese año. García denomina esta versión en forma de libro ([Aguirre] 1885b) la "editio princeps," en un momento en el que no había consultado el folletín (García 2010: 47, 23). El folletín salió enElHeraldo, entre el 18 de enero y el 29 de agosto de 1885, en 85 números consecutivos del periódico ([Aguirre] 1885a). Hacia fines de la tirada del folletín, en El Heraldo se anuncia la próxima salida de la versión en forma de libro, con algunas erratas corregidas (a partir del no. 943 [11 agosto, 1885]), siguiendo un procedimiento editorial común en los folletines latinoamericanos del siglo XIX.

La "Introducción" a la edición de García empieza así: "Juan de la Rosa. Memorias del ultimo soldado de la independencia de Nataniel Aguirre es una de las novelas más importantes del siglo XIX" (García 2010: 11). Si bien se asume aquí que "Juan de la Rosa" es parte del título y que la autoría de texto es "de" Aguirre, García destaca la "falta de documentación" que "dificulta establecer la génesis de Juan de la Rosa" (23). Al mismo tiempo resalta el hecho que en el prólogo de la obra, un veterano de las guerras de independencia, que firma como "J. de la R." (¿Juan de la Rosa?), y remite sus memorias a un "corresponsal de la 'Sociedad 14 de Septiembre'" (64, de la misma edición) para que sean publicadas. También destaca ciertas intervenciones editoriales a partir de la edición de 1909, primera en la que se incluye a Aguirre como autor de la obra, y en la que se basaron todas las ediciones posteriores, hasta la del 2010.

Más importante, quizás, García reflexiona sobre ciertos elementos que muestran la "orientación testimonial" del texto, como ser el cuestionamiento de la "historia oficial" y la construcción de un "sujeto colectivo" (43, 44). En este sentido, este texto anticipa la tesis posterior de este crítico (que comentaremos luego). De cualquier manera, en esta "Introducción" a la más importante edición de la novela en 200 años, García parece apostar, en última instancia, por la "modernidad narrativa" de la obra (en una vena borgeana), más que por su carácter testimonial:

Este juego de espejismos es tan sutil que muchos lectores sugieren que el autor, al presentar al personaje-narrador como "autor" de estas memorias, confiere al texto un efectivo efecto de veridicción: son memorias verdaderas. Yo, al contrario, estimo que el propósito es opuesto: pretende que la realidad parezca ficción y viceversa. Esta técnica hace de Juan de la Rosa uno de los libros fundacionales de la modernidad narrativa latinoamericana (García: 2010: 31).

En la poética de muchos autores modernos, como Borges o Unamuno, algunos personajes literarios terminan siendo más "reales" que sus autores. Don Quijote y Cervantes serían los casos paradigmáticos y más comentados de esta tradición literaria. A partir de esta tradición, algunos autores y críticos (frecuentemente posmodernos) borran las distinciones entre autor y personaje, realidad y ficción. En los debates en torno a la autoría de Juan de la Rosa, se presenta una situación menos común: dos escritores/historiadores afirman que lo que el consenso crítico ha considerado siempre como una novela "son memorias verdaderas," y un crítico literario propone que es una especie de testimonio.

Luis Antezana E. y Alejandro Antezana S., publicaron en La Razón (suplemento Tendencias, 26 abril, 2010) un artículo titulado "El coronel Juan Altamira Calatayud es el creador de 'Juan de la Rosa'" (cito la versión en su libro ¡Viva la Patria!). Los autores discuten la publicación en el folletín y la primera versión en forma de libro (ambas de 1885), además de los cambios editoriales a partir de la de 1909. Destacan, correctamente, que el nombre de Nataniel Aguirre no aparece en las primeras ediciones. Afirman también (equivocadamente, a mi parecer), que el nombre de "Juan de la Rosa" aparece "como único autor" de las Memorias del ultimo soldado de la independencia y, como lo indica el título del artículo, sostienen que las memorias fueron escritas por "Juan de Alcántara Alta-mira Calatayud, a quien seguramente le llamaban 'el hijo de Rosa' -por ser hijo único de su apreciada madre y de ahí la derivación a Juan de la Rosa"; sugieren, en suma, que el texto remitido a la Sociedad 14 de Setiembre por "J. de la R." son las memorias de: "el coronel Juan Altamira Calatayud, bajo el pseudónimo de Juan de la Rosa" ([2010] 65).

En otro artículo, titulado "Más sobre la autoría de las Memorias de Juan de la Rosa" (en Nueva Crónica y Buen Gobierno [101, 2da quincena marzo, 2012] y Los Tiempos [670, 25 marzo, 2012]; cito la versión en ¡Viva la Patria!: 85-90), los Antezana refutan a los (críticos e historiadores) que a) defienden la autoría de Nataniel Aguirre, b) cuestionan la existencia de un supuesto personaje histórico llamado Juan de la Rosa y/o c) que tal personaje sea el autor de la obra que conocemos como Juan de la Rosa. Señalan que "por primera vez, se le atribuye a Nataniel Aguirre la autoría de esta obra" en el prólogo de Eufronio Viscarra a la edición de 1909 (2012: 87), e insisten en su tesis:

En conclusión, las Memorias del ultimo soldado de la Independencia no se pueden interpreter únicamente como una novela melodramática, producto de una febril imaginación; sino que su propio contenido, confrontado con develadores documentos descubiertos últimamente, permite que se las consideren como una narración histórica testimonial, escrita a lo largo de muchos años por un protagonista y testigo presencial de los hechos; por lo que es totalmente lícito opinar que Juan de la Rosa no solo existió realmente, sino que escribió y publicó en vida su propia experiencia sobre los sucesos que vivió Cochabamba entre los años 1810 y 1812. (2012: 90).

En otras palabras, los Antezana, después de revisar la publicación de Juan de la Rosa en El Heraldo y otros documentos sobre la historia cochabambina de principios del siglo XIX, insisten en el carácter "histórico-testimonial" de las Memorias y en la autoría de Juan de la Rosa.

García, por otro lado, en un bien documentado artículo titulado "J. de la R.: autor de Memorias del ultimo soldado de la independencia" (2013), revisa cuidadosamente la publicación del folletín en El Heraldo y avanza su hipótesis "testimonial," según la cual, "Nataniel Aguirre sería el 'editor' en el sentido de intermediario cultural (el letrado) de la teoría narrativa testimonial" (2013: 190), e insiste en ver la obra como un "texto donde la historia se (con)funde con la ficción"; en resumidas cuentas: "Los manuscritos de un genial narrador anónimo de Cochabamba -J. de la R.- son editados y publicados en El Heraldo por Nataniel Aguirre, un detacado letrado de la época que respeta el nombre (o seudónimo) del autor" (195). En García (2013) y otros artículos periodísticos de fines del siglo XIX, sin embargo, se documenta la autoría de Nataniel Aguirre, más cerca a la publicación original de la obra en 1885 que a su re-edición de 1909.

Aunque no comparto sus conclusiones, los planteamientos de García y de los Antezana introducen cuestionamientos importantes en torno a la atribución de la autoría de Juan de la Rosa a Nataniel Aguirre, y tienen la virtud de manejar las primeras versiones de la obra3. Básicamente, sus conlusiones me parecen problemáticas por dos motivos: primero, por la posible confusión entre autor y personaje-narrador o "el juego de espejismos" al que aludía arriba García; y segundo, porque en el contexto de las primeras versions de la obra (tanto en folletín como en el libro de 1885), si bien es cierto que no aparece el nombre de Nataniel Aguirre, tampoco queda nada claro que el "Juan de la Rosa" de la portada o carátula aluda a un autor (sea un seudónimo o un personaje de ficción que pasa por autor, o ambos). Sostengo, por lo contrario, que el nombre del protagonista que sale en la primera línea, como era típico en los folletines de la época, es simplemente parte del título de la obra. De cualquier manera, esta ambigüedad en las dos publicaciones "originales" de la obra, hace que se preste a los debates en torno a su autoría y, a la vez, a que se siga celebrando la modernidad narrativa de Juan de la Rosa.

A continuación, más que discutir en detalle los cuestionamientos sobre la autoría de Aguirre, me interesa ampliar la discusión sobre la publicación de Juan de la Rosa, volviendo a El Heraldo y las prácticas de lectura en las que se inserta la obra, practicas relacionadas a la cultura del folletín de esa época. Dejo para otra ocasión comentarios sobre el común uso de pseudónimos en Bolivia y Latinoamérica por estas fechas, y me concentro en observaciones sobre la cultura del folletín y los periódicos de la época porque creo que enriquecen la lectura de la novela y añaden otras dimensiones al debate sobre la autoría. Al respecto, creo que la explicación más simple es la que mejor describe los misterios y ambigüedades de la publicación de la obra: Aguirre publica su novela de forma anónima; muy poco después, los editores de El Heraldo, respetando el deseo de anonimato, recurren a una estrategia narrativa tradicional, la de atribuir la obra a un personaje que también es el autor de unos manuscritos misteriosos. En este proceso, y hasta poco después de la muerte de Aguirre (a fines de 1888), y aún después en ciertas ocasiones, Juan de la Rosa (o "el benemérito coronel Juan de la Rosa") se vuelve también el pseudónimo del autor de la obra, que se revelará como Nataniel Aguirre en las mismas páginas de El Heraldo y de otros periódico de fines del siglo XIX. En el contexto de los folletines, algunos de los textos y anuncios que citan los Antezana y García para negar o cuestionar la autoría de Aguirre, y atribuirla a Juan de la Rosa o J. de la R. me parece que dejan claro que "Juan de la Rosa" o incluso "Don Juan de la Rosa" se usa en El Heraldo como el título (o parte del título) de la obra y no como el nombre de un autor4.

Las líneas que siguen son parte de un trabajo más amplio, en el que examino Juan de la Rosa en el ámbito cultural de la lectura, los libros y los periódicos de fines de siglo. Creo que el medio de publicación no debe ser considerado como una simple nota de interés bibliográfico, o un homenaje a tendiencias críticas como el nuevo historicismo, la historia cultural o los estudios culturales. En este caso en particular, proporciona un marco interpretativo fundamental, que informa las convenciones literarias y culturales que mediatizan la recepción del texto. Siguiendo las pautas de Roger Chartier, más que elaborar un estudio intertextual o una historia del libro convencionales, me interesa examinar cómo las maneras de leer, en este caso las maneras de leer literatura en los periódicos, en un contexto histórico y cultural específicos, contribuyen a definir los sentidos del texto e intervienen en la sociabilidad de los lectores. Contra lo que se ha sugerido en el caso de los folletines franceses ~ Richard Terdiman arguye que los periódicos "entrenan" a sus lectores a aprehender sus distintas secciones como elementos totalmente separados e independientes (Terdiman 122), veo gran continuidad y algunas tensiones entre los folletines de las novelas nacionales y los otros "artículos" de los periódicos, sobre todo las notas editoriales.

 

Los folletines

Juan de la Rosa no fue la única novela originalmente publicada en las páginas de un periódico. La gran mayoría de las novelas latinoamericanas del siglo XIX, vieron la luz primero en las páginas de la prensa, ya sea en forma de folletín o en algún tipo de entregas serial. Juan Pablo Soto J., en su erudito estudio Ficcionalización de Bolivia, de próxima aparición, incluye más de 50 novelas o leyendas bolivianas publicadas de esta manera entre 1847 y 1896, un número mucho mayor al que documentan las historias de la literatura convencionales, centradas en libros (y generalmente muy repetitivas), y no en la prensa. Simplemente no se puede discutir seriamente la narrativa boliviana o latinoamericana del siglo XIX, o seguir sus transformaciones, sin tomar en cuenta los periódicos (ver Unzueta 1998). Gran parte de la literatura de la época salió en las páginas de la prensa y nunca vio la luz en forma de libro, y en los periódicos también salieron muchos de los documentos críticos que informan la creación y la recepción temprana de estas obras.

Como he descrito en mayor detalle en otro artículo (ver Unzueta 2006), hacia 1845 varias hojas introducen cambios importantes en la cultura periodística del país, cambios que apuntan a una mayor profesionalización y a una redefinición de las pautas culturales dominantes. Sin dejar de ser partidistas, los periódicos presentan una variedad de noticias y remitidos que a veces contradicen las opiniones editoriales; mejora la calidad gráfica y se empiezan a utilizar grabados; se presentan como "empresas" comerciales cuyos ingresos dependen de sus subscriptores y de los anuncios publicitarios. Al mismo tiempo, incrementan notoriamente las secciones de o sobre literatura y artes, así como las dedicadas a las mujeres, incorporando la sensibilidad y otros elementos del subjetivismo romántico al lenguaje cotidiano de la ciudadanía y la cultura.

Siguiendo practicas de publicación y circulación de impresos que se daban en Europa y otros países de Latinoamérica,5 La Época de La Paz y El Correo del Interior de Cochabamba incorporan folletines a sus páginas en 1845, y otros voceros siguen esta iniciativa los siguientes años. En el primer número de La Época (del lro de mayo, 1845), se realza la importancia y el "patriotismo" de una nueva "Sociedad Literararia," así como el papel de la literatura y los folletines en el proyecto cultural de la nación. También se plantea una dicotomía entre los folletines de los "maestros transatlánticos," traducidos para el periódico, y los folletines "de La Época" Se valora más este último tipo de producción local y original, generalmente de corte costumbrista, pero se reconoce el mayor prestigio de los folletines extranjeros (franceses, sobre todo), que constituyen la gran mayoría de los títulos publicados. En un temprano esfuerzo por "americanizar" la cultura introduciendo una obra "original" de mayor extensión, Bartolomé Mitre, entonces editor de La Época, publica su novela sentimental Soledad en el folletín de este diario paceño en 1847. Inmediatamente después de su publicación en varios números de este periódico, la misma imprenta publica la obra completa en forma de libro, como se acostumbraba a hacer con los folletines, práctica que continúa por varias décadas. El mismo procedimiento de publicar el folletín y luego el libro se repite en El Comercio de Valparaíso al año siguiente, cuando Mitre se refugia en Chile. Sin entrar en detalles, señalo que el programa ideológico de Soledad está claramente relacionado con el de La Época y con sus notas editoriales (ver Un-zueta 2006). Mitre, como editor del periódico, también promovía el "entusiasmo" patrio y la rememoración de eventos y personajes históricos fundacionales. Este tipo de lectura intertextual de novelas y periódicos explica mejor su papel como "novelas nacionales," promotoras de valores patrios y programas estéticos y políticos de formación nacional.

En torno a los folletines se producen otros fenómenos editoriales y culturales. En 1846 sale una Colección de folletines publicados en "La Época" con obras de Sue, Dumas y Merimeé. Esta colección se ofrece en forma de libro y por entregas, de 48 páginas, marcando las distintas pero interrelacionadas formas de difusión de estas obras sentimentales, posteriores a su publicación inicial como folletín. Además de los folletines, los periódicos incrementan los textos de literatura, muchos de ellos "nacionales" o "americanos," que publican en sus páginas. Se trata, sobre todo, de textos breves, como poemas y notas costumbristas. En 1848 sale El Ramillete de "La Época", una publicación de "Modas, costumbres, artes, historia y literatura," como un anticipo de las revistas literarias que se lanzarán esporádicamente en las dos décadas siguientes y con mayor regularidad a fines de siglo. Asimismo, los periódicos se abocan a promover toda la alta cultura local: tertulias, sociedades literarias o filarmónicas, escuelas y representaciones teatrales. Como parte de la misma misión educativa, también incluyen notas o editoriales sobre la "policía" o el orden público, y sobre la mejora de las costumbres en general. La construcción de ciudadanos e imaginarios nacionales, por lo tanto, entrelaza elementos ideológicos y culturales con otros más abiertamente disciplinarios, como dos estrategias básicas de subjetivación. Varios de los cambios en la prensa esbozados aquí están relacionados entre sí: con la inclusión de folletines, la apertura de secciones sobre arte, literatura y sobre temas "femeninos," se busca aumentar el número de suscriptores en general y del creciente número de lectoras en particular. En notas editoriales se corteja abiertamente a este público femenino, y eventualmente se ofrecen folletines "extranjeros" u "originales" como "obsequio" para los suscriptores, es decir, como medio de enganchar lectores (ver Unzueta 2000: 55). Y así como las preocupaciones económicas y por su público pernean la prensa, inevitablemente se filtran también en las novelas sentimentales que aparecen en sus páginas. En el segundo capítulo de Soledad, el narrador se refiere a su "calidad de folletinista," y a su deseo de agradar a sus "amables lectores y lectoras ...especialmente a las últimas" (Mitre 25). No sólo se desdobla aquí el genérico "lectores," sino que también se insiste en que muchos de estos textos literario-periodísticos están dirigidos "especialmente" a las mujeres, a las que se pretende conquistar como lectoras. Juan de la Rosa reproduce esa relación familiar entre al narrador y sus lectores, refiriéndose a ellos como "benévolos lectores" (capítulo XVI) o "lectores míos" (XXIII), aunque su lector ideal y destinatario de su proyecto pedagógico es "la juventud de mi [su] querido país" (Prólogo).6

 

Transformaciones de la prensa

Cuatro décadas después, el campo cultural de los medios periodísticos sigue experimentando cambios. Por un lado, algunas de las innovaciones señaladas, introducidas décadas antes, se intensifican. La calidad de los periódicos, en general, mejora, y se establecen varios que tendrán muchos años de vida (algo no muy común en el siglo XIX), como El Heraldo en Cochabamba, El Comercio La Razón en La Paz, El Tiempo en Potosí, La Estrella del Oriente en Santa Cruz, por mencionar algunos. Por otro, se empieza a producir cierta focalización cultural y aparece un mayor número de revistas literarias o culturales especializadas. De cualquier manera, a pesar de una gradual institucionalización de la cultura y mejor definición del campo literario, estas transformaciones no escapan las contradicciones o "desencuentros" de la modernidad latinoamericana (Ramos). El papel del letrado o estadista-literato, como Nataniel Aguirre, y de la publicación de obras fundacionales en los periódicos, siguen teniendo gran vigencia.

En la década de 1880, la mayor parte de los periódicos bolivianos más importantes funcionan como empresas comerciales, que dependen de sus suscrip-tores y de los avisos para sobrevivir y prosperar. Algunos de los periódicos, por contratos con distintos gobiernos, publican noticias oficiales, crónicas parlamentarias, discursos presidenciales o de otros funcionarios locales. La publicidad es cada vez más significativa. Casi toda la primera plana de El Heraldo (y de otros periódicos) está llena de anuncios, que rebalsan a otras páginas. Los avisos documentan la importancia del comercio en las ciudades y de las relaciones con los mercados mundiales. Incluyen propagandas de grandes casas importadoras de todo tipo de productos: industriales, comerciales y de consumo; de compañías mineras nacionales o extrangeras que buscan socios inversionistas y se comunican con ellos, o con clientes, por este medio; o de compañías de seguros de Nueva York o de capitales europeas. También se anuncian servicios de todo tipo (profesionales, bancarios, de transporte), locales y nacionales, y de propiedades y bienes en venta.

El periodismo se vuelve más ágil, proporcionando noticias del momento y comentando tanto novedades internacionales como los eventos de interés nacional. Se presta mayor atención a todo el queacer local en nuevas secciones de "crónicas" o "gacetillas," en las cuales literatos convertidos en reporters (la palabra aparece así, en inglés, varias veces) comentan los sucesos culturales del día o reflexionan sobre distintos aspectos de la vida social de la ciudad, dando paso, en ocasiones, a lo que se puede denominar como la crónica modernista. En algunas de estas crónicas, se lee un cambio en los gustos literarios tradicionales: un desdén por el todavía prevalente academicismo y el lirismo exagerado de la poesía del momento. Los cronistas comentan y describen celebraciones patrióticas, eventos culturales (como presentaciones teatrales o musicales), nuevos libros, fiestas de la alta sociedad, paseos, y otros detalles de la vida diaria. La mayor parte de los periódicos sigue incluyendo una amplia gama de textos literarios en sus páginas, sobre todo cortos (poemas, tradiciones, leyendas, cuentos), nacionales y extrangeros. Y se publican textos narrativos más largos, de lectura "amena," sobre todo extrangeros, como folletines. Se sigue considerando que la literatura atrae lectores, y ofreciendo algunos de estos folletines como "prima" o bono a los suscriptores, en términos muy parecidos a los de La Época décadas antes.

En una nota de la cróncia de El Heraldo (N° 982 [13 noviembre, 1885) se alude a la conexión con las publicaciones seriales anteriores recordando sus orígenes. Se lamenta la próxima "desparición" de La Presse, "uno de los más antiguos y por muchos años el mejor de los periódicos franceses." Fundado "por Emilio de Girardin en 1836," este fue el periódico que popularizó los folletines en Francia. En sus páginas publicaron Dumas, Sand, Nerval, Balzac y Sue. El artículo cierra así: "Las Memorias de ultratumba, de Chateaubriand, y la Historia de los Girondinos, de Lamartine, vieron la luz pública por vez primera en los folletines del periódico cuya práxima desaparición se anuncia ahora." Sin lugar a dudas El Heraldo y otros periódicos nacionales aspiraban a un éxito semejante (aunque fuera a menor escala), y querían publicar a "lo más distinguido" y a los mejores "escritores" de la época en sus columnas.

Hacia 1885-1886, mientras que en otros periódicos persisten los folletines extranjeros (en El Comercio de La Paz, por ejemplo, se publican obras populares de Adolfo Belot y Javier de Montépin, asi como traducciones del Vizconde de San Javier), en El Heraldo y algunos otros periódicos se publican textos nacionales como folletines. El caso de Juan de la Rosa es paradigmático, pero no es un caso aislado. Inmediatamente después de que concluye la publicación de esta novela como folletín, aparece como libro, El Heraldo inicia la publicación de otro folletín en sus páginas, las Leyendas bolivianas, de varios autores nacionales y que persiguen propósitos pedagógico-nacionalistas semejantes a los de la novela. En otra imprenta de la misma ciudad, también en 1885, se publica la primera serie de una antología titulada Lira boliviana, editada por Benjamín Jaivas. En 1886, una serie de poesías dramáticas de tema histórico siguen a las leyendas en el folletín de El Heraldo, cuya imprenta también publica un folleto con las Leyendas como "Prima de El Heraldo a sus suscriptores" (ver Colección de leyendas) el mismo tipo de bono o enganche que se empezó a usar cuatro décadas antes. Todas estas obras, y muchas otras, se esfuerzan por nacionalizar la cultura impresa y promover una incipiente literatura nacional.

En la carta que escribe Nataniel Aguirre a Jaivas (fechada el 27 de abril, 1885), y que se incluye como especie de "prólogo" a la colección Lira boliviana, Aguirre afirma que el libro (que incluye varios de sus poemas) estimulará "a la juventud en el para nosotros escabrosísimo sendero de las letras" y resalta el mérito de Jaivas de "recoger [los poemas] de entre esas mil hojas dispersas, arrojadas por la prensa al torbellino de nuestra vida esencialmente política" (en Jaivas iii). En una crónica de El Heraldo (N° 904 [5 mayo, 1885]) se repite la misma idea, casi con las mismas palabras, felicitando a Jaivas, quien "ha tenido la paciencia de reunir la colección más rica y completa de los ensayos poéticos publicados en los periódicos del país y conservados inéditos todavía." Lo mismo sucede con las Leyendas bolivianas, en cuyo anuncio en el folletín de El Heraldo (N° 953 [3 septiembre, 1885]), se afirma: "vamos a reproducir en nuestro folletín algunas leyendas que andan dispersas en hojas periódicas del país, y que en nuestro concepto merecen coleccionarse, siquiera para dar una idea de los progresos de nuestra naciente literatura." Refiriéndose a algunos de sus poemas de juventud incluidos en la antología, pero haciendo eco al folletín de Juan de la Rosa que salía también anónimo por esas fechas, Aguirre señala que "pasaron desapercibidos y anónimos" en los periódicos. Coleccionar obras literarias, "dispersas" en un mar de publicaciones periódicas, es un esfuerzo "patriótico" de rescate y promoción de una "naciente literatura," como sugiere Aguirre. Si la función del folletín era, en principio, proporcionar lectura "amena," ahora, al anunciar la aparición de Juan de la Rosa, se promete "amena y provechosa" lectura {El Heraldo no. 867 [18 enero, 1885]). Los contenidos históricos y las costumbres nacionales añaden una dimensión social "útil" o "provechosa" a la literatura que antes se consideraba solamente como entretenimiento o de mejoramiento individual.

 

Juan de la Rosa y los folletines de El Heraldo

El Heraldo empieza a publicar folletines en 1878, un año después de su fundación. En un principio los "folletines" aparecen en la primera u otras páginas, pero pronto se establece cierta regularidad en el espacio del folletín, que sale en la parte inferior de la cuarta y última página del periódico, a cuatro columnas (columnas del mismo tamaño de los libros-forma en la que también se publicarán posteriormente algunos de los folletines). Inicialmente se publica algún libro de viajes o exploraciones, y uno que otro estudio histórico, pero poco a poco los folletines gravitan hacia las novelas o literatura "amena," para atraer y entretener lectores. La gran mayoría de estas novelas es de escritores extrangeros, y en casi todos los casos se inicia el folletín con el título de la obra y luego el nombre del autor, precedido por la preposición "por": Un Antony por Altaroche y La estrella del mar por Pier Anjelo Fiorentini salen en 1881; Catalina Geertz por Javier Eyma en 1883; El guante negro por Juana M. Gorriti en 1885, inmediatamente antes de Juan de la Rosa. En 1888 se publica "Paez" por José Martí; en 1891, Ramona de Helen Hunt Jackson (con "de" en vez del casi universal "por"); y en 1892, Edgar Poe, su vida y sus obras por Carlos Baudelaire. También se utiliza el "por" para indicar autoría en anuncios o crónicas sobre publicaciones de libros o para anunciar al traductor. En la sección de variedades del 14 de mayo de 1881 (no. 403), por ejemplo, se publica: El caballero de Luzzi por Berryer padre, traducido por Benjamín Jaivas, para El Heraldo, y en el no. 554 (2 octubre, 1882) se anuncia Bolivia en la Guerra del Pacífico por Nataniel Aguirre, a publicarse por entregas.

En este contexto de publicación y atribución de autoría empieza a publicarse Juan de la Rosa, en el no. 867 (18 enero, 1885). Si una semana antes había salido la obra de Gorriti bajo la siguiente distrubición tipográfica: "FO-LLETIN./EL GUANTE NEGRO ./POR/Juana M. Gorriti./I./LA PRENDA DE AMISTAD," ahora, en la primera columna, bajo "FOLLETÍN," empieza el prólogo de la novela, firmado por "J. de la R." En la tercera columna aparecen los titulares: "JUAN DE LA ROSA/MEMORIAS DEL ULTIMO SOLDADO DE LA INDEPENDENCIA./ PARTE PRIMERA./COCHABAMBA./CAPITULO

I/PRIMEROS RECUERDOS DE MI INFANCIA." Por la distrubición espacial del texto, y por el hecho que tanto "El guante negro" como "Juan de la Rosa" salen en negrilla y con letras mayúsculas más grandes que el resto del texto que sigue, resulta lógico suponer que "Juan de la Rosa" es parte del título de la obra que empieza a publicarse ([Aguirre] 1885a). Memorias del último soldado de la independencia es el subtítulo, y Cochabamba es el (sub-) título de la "Parte primera" de las cuatro que planeaba el autor. En la versión en libro de Juan de la Rosa del mismo año ([Aguirre] 1885b) se repiten los mismos titulares después del prólogo, pero el prólogo no lleva la indicación de "Folletín" en la parte superior de la hoja (o columna). Además, esta versión trae una portada en la que se omite "Parte primera" pero se incluyen las otras tres partes del título de la obra: Juan de la Rosa./Memorias del ultimo soldado de la independencia./ Cochabamba'' Al pie de la portada se anota: "Cochabamba,/14 de setiembre de 1885./Imprenta de El Heraldo. Calle Sucre, N° 8"7.

Si bien es cierto, entonces, que el nombre de Nataniel Aguirre no aparece en el folletín o en la primera versión de Juan de la Rosa, atribuirle la autoría a un supuesto coronel llamado Juan de la Rosa simplemente porque el nombre aparece en la primera línea de los titulares o de la portada me parece erróneo. Por un lado, ese era el lugar del título y, por otro, nunca aparece la preposición "por" antes del nombre en este caso, ni ninguna otra indicación que haga explícita la autoría de Juan de la Rosa. Dicha atribución confunde el nombre del protagonista y parte del título de la obra anónima con el autor; es contraria a las normas generalizadas (con muy raras excepciones) de distribución y tipografía de los títulos y de las atribuciones autoriales de los folletines de El Heraldo y de otros periódicos de esos años. Siguiendo esas normas, ya sea en los titulares, en anuncios, o en alguna nota periodística, esperaríamos leer lo siguiente: Memorias del ultimo soldado de la independencia por Juan de la Rosa si este útimo fuera el autor y no un personaje. Dicha formula no aparece en El Heraldo. A veces, se alude a Juan de la Rosa (o al coronel o benemérito Juan de la Rosa) como a un autor, pero se lo hace siguiendo la estrategia narrativa (de ficción) planteada en la novela de atribuirle al autor de los manuscritos la autoría del libro, y como manera de mantener el anonimato de la obra. En este sentido, Juan de la Rosa, se convierte en pseudónimo del autor. Al mismo tiempo, se utiliza Juan de la Rosa o Don Juan de la Rosa como título de la obra. Finalmente, el nombre de Nataniel Aguirre aparece regularmente en el periódico y se lo asocia a Juan de la Rosa poco después de su muerte, en Uruguay, el 7 de septiembre de 1888, según El Heraldo (N° 1387 [10 octubre, 1888]).

En algunos anuncios sobre la venta del libro, al concluir la publicación del folletín o poco después (agosto y septiembre, 1885), se utiliza Juan de la Rosa como partes del título, pero también hay referencias a las "Memorias de Juan de la Rosa," sugiriendo que los redactors de El Heraldo siguen el juego literario de universo creado por Juan de la Rosa. En 1887, y hasta mediados de 1888, en los anuncios de los libros que se venden en la imprenta de El Heraldo sale Don Juan de la Rosa como título y se indica a los autores con "por": "Texto de Filosofía redactado por el doctor Luis Q. Vila," a diferencia de "Don Juan de la Rosa" o "Leyendas bolivianas," sin mención al autor. A partir de mayo y hasta junio de 1889, después del fallecimiento de Aguirre, en estos mismos anuncios ("Obras en venta en la oficina de El Heraldo"), se anuncia "Don Juan de la Rosa, por Nataniel Aguirre" y se se siguen ofreciendo las "Leyendas bolivianas" (de varios autores), sin mencionar al autor o autores. En una nota editorial necrológica sobre Nataniel Aguirre (ElHeraldo^0 1527 [19 septiembre, 1889]) se le atribuye la autoría de "la amena narración 'Juan de la Rosa"8.

Desde la perspectiva del periódico y de la imprenta de El Heraldo, que había sancionado el aspecto legal de la "función autorial" (ver Foucault) de Juan de la Rosa, una vez fallece Nataniel Aguirre, y seguramente con consentimiento familiar (es decir, de los que retienen los derechos de autor), ya no es necesario mantener el anonimato. Antes de la muerte de Aguirre se usaba "Juan de la Rosa" como título, pseudónimo, o como autor (ficticio) de sus memorias; y a veces se distinguía claramente entre su uso como título y la existencia de un autor (no nombrado, pero que llevaba otro nombre). Poco después de su muerte, se reconoce abiertamente a Aguirre como autor de Juan de la Rosa9.

 

Celebraciones patrióticas

Como se anunciara en el mismo periódico en 1885, la novela se publica como parte de las celebraciones del 14 de septiembre y como homenaje que El Heraldo le hace a esta fecha. De igual manera, unos meses antes, en la imprenta de El 14 de Setiembre, el portavoz de la sociedad cívica del mismo nombre, se habían publicado los Dos ensayos poéticos de Aguirre con el pie "Cochabamba, Mayo 25 de 1885" (1885c) para solemnizar el aniversario del grito de Sucre. Las relaciones entre Aguirre, la sociedad El 14 de Setiembre y El Heraldo eran estrechas y se centraban en celebraciones patrias y la promoción del patriotismo. Los poemas incluidos en Dos ensayos poéticos saldrían también en las páginas de El Heraldo (el 29 de mayo y el 2 de junio, 1885, respectivamente); estos fueron "Hércules," dedicado "A la Juventud Boliviana" (Aguirre 1885c: 1) y "El ciudadano," dedicado "A los alumnos de la escuela nocturna de 'El 14 de Setiembre'" (1885c: 8). Esta escuela nocturna para artesanos (u obreros) fue una de las principales labores de la sociedad El 14 de Setiembre. Otras eran auspiciar conferencias públicas y organizar o colaborar con las celebraciones de las fiestas patrióticas, ocasiones en las que Aguirre participaba activamente. En el no. 137 de El 14 de Setiempre (14 de septiembre, 1885) se publica el Programa de las festividades y se indica que fue "confeccionado por el Directorio" de la Sociedad. En dicho Programa se anuncia, para el 15 de septiembre, la "Conferencia histórica del señor Nataniel Aguirre en la session pública que la sociedad de 'El 14 de Setiembre' debe celebrar en su salón"10.

Tanto en El Heraldo como en El 14 de Setiembre podemos seguir la participación de Nataniel Aguirre como conferencista en las celebraciones del 25 de mayo (cuando todavía estaba saliendo el folletín de Juan de la Rosa) y del 14 de septiembre de 1885 (fecha en que se publica Juan de la Rosa como libro). Sus conferencias se dictaban en el salón de El 14 de Setiembre y se centraban sobre temas históricos, disciplina en la que se lo consideraba como "uno de los mejores historiadores de América del Sur" (El Heraldo, N° 912 [27 mayo, 1885]). Para las celebraciones del 14, Aguirre, a quien se califica como "poeta de la democracia," improvisa unas palabras para la entrega de premios a los estudiantes/obreros de la escuela de artesanos destacando los deberes de los "ciudadanos de una república," que incluyen "honradez y trabajo."11 El día 15, da una conferencia sobre la "influencia de la revolución de Cochabamba, en la independencia de los estados de Sud América" (El Heraldo, 958 [16 septiembre, 1885]), o sobre "la Ira y 2da revoluciones de Cochabamba" y la "trascendencia que tuvieron estas en las soluciones de la guerra de la independencia," según El 14 de Setiembre}Un año después, Aguirre presentará una conferencia titulada "Resultados de la Independencia en Sud-América" (El Heraldo, 1103 [17 septiembre, 1886) en el mismo salón de la sociedad cívica juvenil.

Las festividades patrióticas, que se empiezan a celebrar inmediatamente después de la independencia, adquieren mayor importancia en Bolivia por estas fechas. Los periódicos se encargan de celebrarlas en notas editoriales, publicar sus programas oficiales, y comentarlas en sus crónicas. No solo comentan celebraciones locales sino también, con alguna demora, incluyen reportajes de las celebraciones en otras partes del territorio nacional o, incluso, de bolivianos en países extrangeros. Los periódicos o sus imprentas también publican, ocasiona-lemente, álbumes conmemoratorios, libros de poemas o novelas patrióticas, conectando estrechamente la performatividad social con la letra. En este contexto se entiende mejor el prólogo de Juan de la Rosa (obra publicada en forma de libro para celebrar un 14 de septiembre -aniversario de la primera revolución de Cochabamba), escrito, en el universo diegético del texto, un 14 de de noviembre, fecha del aniversario de la batalla de Aroma que se contará en la obra (en el capítulo VII). En el mismo prólogo, se menciona El Heraldo como fuente de noticias, y el personaje "J. de la R." indica que remite sus "manuscritos" a la Sociedad 14 de Setiembre para que los publiquen. Lo hace, nos dice, para que "la juventud de mi querido país... recoja alguna enseñanza provechosa de la historia de mi propia vida." ([Aguirre] 1885a: ii). La novela, en otras palabras, busca recordar los hechos fundacionales del proceso de independencia y renovar el patriotismo. Nataniel Aguirre, en las dedicatorias de sus poemas y conferencias históricas, así como en sus escritos históricos, persigue los mismos fines. Amanera de ilustración, podemos recordar que dedica su biografía de El Libertador:

"A la juventud estudiosa y a los obreros de Bolivia," y señala que al leer su vida descubriremos "la fatal imperfección del ser humano" pero que "de su estudio llegaremos a entrever mejor el ideal de los héroes" (Aguirre [1883] 1973: 7-8).

Juan de la Rosa por un lado mira al pasado y gira en torno al recuerdo de fechas y relatos fundacionales. Por otro, busca proyectarse al futuro y hace una invitación a la creación de monumentos que sigan celebrando dichos eventos: "Estas cosas deben ser recordadas de todos modos: en los libros, en el bronce, en el mármol y el granito" (capítulo XX). Dicho llamado será retomado por otros. Eventualmente llevará a la creación del monumento de la Coronilla en Cochabamba y a que se declare el 27 de mayo como día de la madre en Bolivia en homenaje a "El alzamiento de las mujeres" descrito en el mencionado capítulo (ver Gotkowitz). Pero la asociación explícita de la novela con celebraciones patrióticas se dio desde el principio. Además de publicarse (como libro) el 14 de septiembre de 1885, dos años después, en un artículo editorial de El Heraldo titulado "14 de Setiembre" (N° 1232 [13 septiembre, 1887), el editor escribe lo siguiente: "Cochabamba celebra en este día el aniversario de la primera sublevación patriótica que tuvo lugar en sus suelo en 1810. He aqui como cuenta el autor de 'Juan de la Rosa' el glorioso acontecimiento," y procede a citar partes del capítulo III de la novela que describe el levantamiento de esa fecha fundacional13.

Algo semejante ocurre en el artículo editorial del mismo título ("14 de septiembre") de otro periódico cochabambino unos años después, cuando el "misterio" de la autoría de Juan de la Rosa ya ha sido aclarado. Este artículo celebra la misma fecha y también incluye la obra de Aguirre como un referente patriótico. Parte del texto lee así:

El acontecimiento que alumbró el sol de este dia fue importante. La atestiguan: la épica batalla librada en las soledades de Aroma; los historiadores que como Mitre le consagran brillantes páginas; los poetas cuya musa fecundó; y, en fin, inspiró la pluma de uno de nuestros mejores literatos -estadistas- a quien cubre en extraña tierra la fría losa del sepulcro y produjo una obra, la primera en su género que ha visto la luz en Bolivia: Juan de la Rosa. ¿Qué más podemos decir después de lo que ha dicho Nataniel Aguirre en su preciosa obra? Una sola cosa: leedla y a los hombres de letras: seguid esa huella, tomando por tema de vuestros trabajos asuntos de la patria. Ella abunda, durante el largo periodo de la guerra de la independencia, en heroísmos que nos pasma de admiración a los degenerados pobladores del suelo alto peruano de fines del siglo (El Siglo XX48 [19 septiembre, 1896]).

Juan de la Rosa se asocia con el recuerdo de días históricos fundacionales, a los que se vuelve cíclica y ritualemente, para recordar el pasado y alimentar el patriotismo en el presente. La dimensión pedagógica de la obra, la importancia que sea leida e imitada, ya está presente pocos años después de su publicación, así como la conciencia de que al escribir o recordar heroismos pasados se piensa, necesariamente, desde el presente, al que muchas veces se critica. Esta nota editorial señala que "la nación Bolivia de hoy día, desgarra el corazón" y por lo tanto es particularmente saludable recordar las "virtudes que yacen juntas con los hombres del año 10" para promover el sentimiento nacional: "El patriotismo consiste en el conocimiento exacto de las verdaderas necesidades de la patria; y sus grandes efemérides en vez de hacernos estallar en palabras... debe impulsarnos al camino de esfuerzos..." Como Juan de la Rosa, este comentario realza la importancia de la "efemérides" y el recuerdo del heroísmo en la promoción del patriotismo, y reproduce las críticas que hace la novela a la política del presente de la escritura (circa 1884) en relación a los eventos narrados (centrados en 1810-12).

La definición de Aguirre como "literato-estadista," por otro lado, calza bien con la del letrado decimonónico, tal como lo describe Ángel Rama: hombre de letras preocupado por la formación de los estados nacionales, que frecuentemente ocupaba cargos políticos y combinaba su trabajo de estadista con el intelectual, y que frecuentemente mezclaba escritos "serios" (historias y tratados politicos, generalmente) y otros literarios. En este caso, Juan de la Rosa, siguiendo la tradición de las "novelas nacionales," pero ensayando el nuevo "género" de la novela histórica, combina ambos aspectos que muchos literatos-estadistas mantenían separadas, la historia y la ficción. Este tipo de combinación de un estudio relevante al imaginario nacional con una trama de ficción que capte la imaginación de los lectores es, en mi opinión, la clave de las novelas nacionales o ficciones fundacionales latinoamericanas del siglo XIX. Lo que Fernández de Lizardi hace con la educación en México (en El Periquillo Sarmentó), y Blest Gana con las costumbres sociales en Chile (en Martín Rivas), Aguirre logra con la historia nacional en Juan de la Rosa.

 

Lecturas críticas tempranas sobre Juan de la Rosa14

En el anuncio del folletín de Juan de la Rosa se promete "amena y provechosa lectura" en el relato de "notables episodios de nuestrahisorianacional." Se destaca la "sencillez" narrativa, que deja "conocer el carácter y costumbres de la época y de los hombres que tomaron parte en la guerra de los 15 años y la fundación de la república" (El Heraldo n. 867 [18 enero, 1885]). Este texto, como el prólogo de la obra y otros comentarios críticos, enmarcan y guían las lecturas de la novela en el momento de su publicación y poco después.

La primera crítica importante de Juan de la Rosa es, seguramente, el artículo "Una novedad literaria" que sale a los pocos meses de aparecer como libro, en enero de 188615. El artículo abre desde la perspectiva de la lectura: "cansados de leer en todas las formas imaginables el obligado tema político, que por otra parte es tan infecundo como ese lirismo casi siempre insulso y por demás prosaico, que con tanta suficiencia nos exhiben nuestros publicistas y poetas," y destaca que en este "horizonte literario," aparece "un buen libro," una novedad literaria. Se establece una dicotomía argumentativa, algo exagerada quizás, pero compartida por otros críticos, entre los textos "serios" y la literatura "frivola." Los escritos de "tema político" tienden a ser tan "infecundos," según el articulista, como los adulcorados poemas de la tradición romántica. En este contexto, se introduce Juan de la Rosa como ejemplo de un nuevo tipo de literatura en el "horizonte [¿de expectativas?] literario" boliviano: "Entre lo muy poco que tenemos que exhibir en materia literaria, brilla como la más preciosa joya 'Don Juan de la Rosa' o Memorias del último soldado de la independencia." "Don Juan de la Rosa" está escrito entre comillas; como si fuera el título de la obra. Lo que ahora se conoce como el subtítulo de la obra, "Memorias del ultimo soldado de la independencia," por lo contrario, aparece sin comillas o cursiva. Este tipo de ambigüedad e inconsistencia tipográfica se repite a lo largo del artículo. Don Juan de la Rosa (o "nuestro Benemérito Coronel") alude a veces al título y otras al personaje-autor de las "memorias."

El artículo se pregunta si resulta apropiado pensar en libros en el contexto político que vive el país, y plantea que una época de "inusitada paz," posterior a la Guerra con Chile, "ha dejado a pesar de nuestras estrecheces, tiempo suficiente para emplearlo con provecho." La literatura, claro, rara vez es considerada como algo útil o de "provecho": "Las empresas mineras han absorbido parte de nuestra actividad. No pocos se han dedicado a estudios de locomoción; algunos a los literarios, por más que a estos en nuestro país, solo pueda destinarse el tiempo absolutamente inútil." Incluso dentro de los estudios humanísticos, la literatura es considerada menos provechosa que la historia, y que la historia nacional en particular: "Hay pues, que hacer historia nacional." A "60 años" de la fundación de la República, considera que ha llegado la "época de las reflexiones, de las vistas al pasado." Este es uno de los aspectos importantes de la "novedad literaria" de Juan de la Rosa.

En el análisis critico de la obra, el articulista presta atención a los lectores e insiste el género narrativo como parte de la novedad de esta obra: "Es la historia de los grandes sucesos de aquella admirable guerra, relativos a Cochabamba. narrados en forma dramática y con todas las condiciones que una obra de este difícil género requiere." "Historia," como sabemos, alude tanto al pasado como al discurso que lo recuenta, sea este parte de la disciplina historiográfica, o un simple relato o leyenda. Al mencionar "grandes sucesos," "admirable Guerra" y el horizonte local, el autor de este artículo parecería referirse a un pasado compartido, que en los términos positivistas del siglo XIX era sinónimo de "los hechos tal como ocurrieron" (von Ranke). Sin embargo, al indicar que estos hechos están narrados de "forma dramática," se distancia la obra que estudia de la historiografía y la consagra como ejemplar de otro tipo de escritura sobre el pasado, parte de un "género" "difícil" y distinto. Y aclara lo siguiente: "La forma no es nueva: conocemos obras del distinguido escritor español Galdós, que a su vez imitó también al fecundo escritor francés Erckmann Chatrian." Erckman-Chatrian, cabe señalar, fue el nombre de pluma que usaron Emile Erckmann y Alexandre Chatrian en sus novelas históricas y otras obras escritas de manera colaborativa. Galdós, claro, es el autor de los Episodios nacionales y muchas otras novelas. El "género" o "forma" a la que se alude, entonces, es una de las más populares de la ficción del siglo XIX: la novela histórica, que en manos de Aguirre se convierte en: "Narración sencilla, escenas naturales, pintura exacta de una época, retratos admirablemente hechos, descripciones de lugares, combates, insurrecciones, dignos de las plumas de Cervantes, Camoens (sic) y Chateaubriand." Al incluir a Camóes, en esta lista de autores, se resalta la dimensión "épica" de la novela histórica como género narrativo16.

En una cultura en el que se recela el poco provecho que presta la literatura, el artículo insiste en el hecho que Juan de la Rosa es más que una simple novela:

Don Juan de la Rosa no es un libro meramente literario, ni es el repetendo de lo poquísimo y muy inexacto que escribió el primer cronista de los acontecimientos nacionales y que se ha repetido, sin criterio, por los que en pos de éste vinieron. Es sí, el fruto de estudios laboriosos y acertados que manifiestan rarísimas cualidades historiográficas en su autor. Don Juan de la Rosa es un pequeño libro: pero cada página de esa miniatura es un rayo de luz.

"Don Juan de la Rosa," como lo había señalado, alude en esta cita (dos veces) al título y no al autor de la obra. Más importante, como novela histórica, basada en los "estudios laboriosos" de un historiados con "rarísimas cualidades," contribuye a esa "historia nacional" tan poco desarrollada en el país. Aunque el articulista no menciona a Nataniel Aguirre, nos informa, en la segunda parte, que escribe esta crítica como parte de un "compromiso contraído con los directores de El Heraldo. La mención a las "cualidades historiográficas" y los "estudios laboriosos" del autor, parecerían aludir a Nataniel Aguirre, quien recientemente había publicado Bolivia en la Guerra del Pacífico y la biografía de Bolívar, El Libertador. También había pronunciado discursos sobre historia nacional el la Sociedad El 14 de Setiembre, en ocasión de las celebraciones del 25 de mayo y del 14 de septiembre de 1885, contexto en el cual se lo consideraba como "uno de los mejores historiadores de América del Sur," como ya citamos17.

El articulista se inserta abiertamente en las poéticas contemporáneas sobre la ficción histórica que sostienen que estas obras contribuyen, por un lado, a ampliar el conocimiento histórico proporcionado por obras historiográficas tradicionles, y por otro, a popularizar la historia patria: "Conveníamos todos en la causa de la revolución de la independencia, conocíamos sus antecedentes, su desarrollo y su término, pero pocas noticias teníamos de los detalles que constituyen el todo." Juan de la Rosa nos ilumina sobre muchos de esos detalles: "el estado social del Alto Perú antes de 1810"; la "ilustración del pueblo"; "sus costumbres, sus preocupaciones, su administración"; la "clase de hombres [que] fueron los revolucionarios"; sus "sacrificios" y "esperanzas"; los "fines que se propusieron" y los "medios que contaron." En un horizonte cultural en el que se había escrito muy poco sobre estos "detalles" (sea desde la historia o desde la ficción), se entiende mejor el impacto que pudo tener una obra como Juan de la Rosa.

El artículo sigue analizando las "memorias" o los "recuerdos" del "benemérito Don Juan de la Rosa" a través de una descripción de los distintos personajes de la novela. Curiosamente, dice poco o nada sobre Juanito, y destaca más bien a Alejo y a la abuela como representantes del "pueblo." La vida de Juanito en el pasado, o lo que le pasó al "benemérito," parecen importarle poco al articulista. Se concentra, más bien, en las contribuciones que caracterizan a las novelas históricas: la reconstrucción imaginativa de las costumbres populares y otros aspectos de la vida privada en que se enmarcan los eventos históricos descritos.

En la segunda parte del artículo se destaca la representación de la "servidumbre secular" de la Colonia, la novedad de la llegada de ciertas ideas revolucionarias al Alto Perú (nociones sobre la soberanía popular y la dignidad humana, en particular), y su impacto en las movilizaciones sociales: "Don Juan de la Rosa muestra en cuadros palpitantes de interés y de verdad, las manifestaciones populars motivadas por estas convicciones." El mérito de la obra resulta, sobre todo, de combinar grandes dotes artísticas (que permiten una "relación" "tan natural, tan sencilla, tan animada," que transporta "la imaginación a la época y al lugar") con una claridad ideológica patriótica: "Léase el siguiente capítulo; es una exposición de motivos que muy bien podia servir de prólogo a la acta de la independencia." En otras palabras, la "novedad literaria" de esta novela histórica es que tiene toda la riqueza del contenido histórico y politico de los mejores textos fundacionales, sin caer en la aridez textual de muchos de ellos, o en el "lirismo insulso" tan común en la literatura todavía romántica de la época. El artículo termina comentando el amor al terruño de Alejo y los cochabambinos, resaltando la importancia de representar las costumbres locales, además de la historia, en una novela nacional.

Existen menciones a Nataniel Aguirre, como autor de Juan de la Rosa, en varios artículos periodísticos posteriores a su muerte, pero anteriores a la edición de la novela de 1909. En ellos se repiten algunos de los temas destacados en "Novedad literaria." Uno de los más importantes fue escrito por el bibliógrafo e historiador Ernesto O. Rück, como parte de un ensayo titulado "Historia nacional. Reminiscencias históricas," escrito en cuatro partes y dedicado a "la inspirada poetisa Soledad." Las cuatro partes son: García Pizarra, el 25 de mayo de 1809, Cochabamba (o, Jucio de Mitre-Cochabamba), y Juan de la Rosa. Me concentro en la cuarta parte, que salió en Bolivia Literaria N° 11 (28 abril, 1894). Cabe destacar que las otras tres partes están dedicadas a comentar trabajos his-toriográficos, y que Bolivia Literaria es una importante publicación semanal del "Centro de Lectura" de Sucre, editada por Abel Ferreira.

Rück escribe "Juan de la Rosa" para tributar un "justísimo recuerdo a la memoria de un amigo" y hablar "del libro que ha legado a sus compatriotas y que será leido mientras lata un solo corazón por el amor al suelo regado con la sangre de sus antepasados." Cree que la obra es todavía "poco conocida" y recomienda al "tan noble como culto "Centro de lectura" que auspicie "una suscripción nacional con el objeto de hacer una nueva edición de ese libro, en obsequio de la familia del esclarecido autor." Las publicaciones financiadas mediante suscripciones adelantadas eran comunes en la cultura impresa de la época, y la mención a la familia es consistente con los derechos de autor heredados y el deseo de ayudar a la familia. Considera que la obra es el primer ensayo de "novela histórica en Bolivia," con Walter Scott como referente, y destaca el "sabor local" que le dio Aguirre al género.

El "misterio" de la autoría de Aguirre es comentado en los siguientes términos:

La joya literaria que le donó [a su patria], sin conocer quizá el mismo todo su inestimable valor, pues ni su firma lleva, servirá de modelo, a no dudar, a otros escritores nacionales que teniendo vocación por tan preciado género, sabrán aprovechar los abundantes materiales que acopiados existen, a cual mas idóneos en los fastos de su historia.

El ejemplo dado por la encumbrada inteligencia e inspiración del nunca bien llorado novelista, Dr. Don Nataniel Aguirre, quien bajo el pseudónimo de "Juan de la Rosa" ha descrito con verdadera alma de poeta épico, los episodios que se dearrollaron y tuvieron por teatro las dilatadas faldas del Tunan.

Aguirre es el autor de Juan de la Rosa, a pesar de que la obra se publicó sin su "firma." La publicó anónimamente "quizá," según Rück, porque no supo apreciar "todo su inestimable valor" en el momento de su publicación; o quizá porque, como se alude en "Una novedad literaria," no era bien visto que literatos—estadistas publicaran literatura poco "seria," algo que Juan de la Rosa y los otros folletines nacionales de El Heraldo intentan cambiar. Recordemos que Aguirre consideraba que las letras eran un "escabrosísimo sendero" en el torbellino de una vida "esencialemente política" (en Rivas iii).

Rück insiste en los logros de Aguirre como novelista histórico, en el molde épico pero también colorido (o costumbrista) de Scott:

esa descripción cabal, el fino observar de las costumbres populares en el primer ensayo de su género en Bolivia, ha encontrado en Aguirre una pluma tan sobresaliente que su Juan de Rosa es la revelación de su gran talento que, por desgracia de las letras bolivianos, tan pronto ha desaparecido como se presentó a nuestra vista, cual estrella errante haciendo lamentar eternamente la pérdida sufrida del preclaro escritor, al verse privado el pais de la segunda parte de sus magnificas Memorias, que debia llamarse "Los Porteños," y cuyos borradores quizá existan para que algún dia gocemos de sus bellezas.

Y termina recordando "el justísimo deseo de Aguirre," y lo cita: "Estas cosas deben ser recordadas de todos modos; en los libros, en el bronce, en el mármol y en el granito... Una columna de piedra... con esta inscripción en el basamento: '27 de Mayo de 1812,' serviría mucho para enseñar a las nuevas generaciones el santo amor a la patria." Rescata, sobre todo, el talento del escritor y la dimensión pedagógica de la novela.

Poco después, el mismo año que Rück escribe sobre Juan de la Rosa, la novela fue presentada al "Certamen nacional seis de agosto, 1896," seguramente por algún miembro de la familia.18 En una de las Actas del evento (del 3 de julio, 1896) leemos que se discutió sobre "la conveniencia o inconveniencia de admitir en el concurso dos obras impresas presentadas al Certamen: una de Geografía de Bolivia por Justo L. Moreno y otra con el pseudónimo de Juan de la Rosa'' (Ministerio 20). Me interesa mencionar los motivos por los que la comisipn encargada de tomar la determinación de no admitir estas obras al concurso (y recomendar que reciban, no obstante, un "premio honorífico o pecunario"):

tales trabajos carecían de novedad por ser ya conocidos del público, desde ahora mucho tiempo. Que el objeto del Certamen era estimular trabajos nuevos que diesen a conocer al país y al extranjero el estado actual de nuestra Literatura Patria; que, además, no se había guardado el incógnito requerido ...y que, a más de ello, el público tenia ya formada opinión sobre esas publicaciones como se maniesta por los periódicos de ese tiempo; que aun que una de esas dos obras, conocida con el pseudónimo de Juan de la Rosa, no registra en su carátula el nombre del autor, este era muy conocido (20-21).

Dado que Ernesto O. Rück era miembro del Tribunal Calificador del Certamen, no cabe duda que el "muy conocido" autor de Juan de la Rosa, obra cuyo título se sigue confundiendo con el "pseudónimo" del autor, eraNataniel Aguirre.

Resulta difícil precisar cuan "conocida" por el "público" era realmente Juan de la Rosa y cuál era la "opinión" que de ella se había formado. Si una de las publicaciones de los periódicos a las que se refiere el acta fue el artículo de Rück, sabemos que consideraba que era relativamente "poco conocida" pero que él, como otros, pensaba que debía ser re-editada y mucho más leida. Tampoco queda duda que las opiniones documentadas sobre la novela fueron, desde sus principios, muy positivos, y que se la consideraba un gran aporte a la "literatura patria," un "modelo" que debía imitarse y una verdadera "novedad literaria" que cambia el horizonte de expectativas de las letras de la época: nuestra primera gran novela nacional.

 

Consideraciones finales

En la ya citada carta de Aguirre al editor de Lira boliviana, aparentemente con los poemas en las manos, comenta:

Tales como hoy los estoy viendo, copiados cuidadosamente en el álbum de un aficionado, fuera de las candentes páginas de nuestros periódicos, en su condición de ensayos literarios, me parecen enteramente nuevos, mas armoniosos, llenos de intención, inspirados por un verdadero genio poético los mismos versos que he debido leer antes de ahora con descuido o desvío, preocupada la imaginación, agriado el ánimo por los artículos de combate, entre los cuales aparecían, como flores perdidas en un campo de ortigas y de cicuta (en Rivas iii).

Aguirre marca aquí dos tipos de lectura distintos. La primera es la lectura de una pieza literaria en las páginas de un periódico. La segunda es la típica lectura moderna y burguesa de un libro: silenciosa y contemplativa (en el encabezamiento de la carta anota: "Su casa, abril 27 de 1885"). Si bien Aguirre aprecia más, o quizás idealiza, el segundo tipo de lectura, que se presta mejor a la apreciación estética, me interesa rescatar el valor del primer tipo: la lectura de un texto literario en la prensa, la de un folletín en un periódico.

En el segundo caso, la "imaginación" del lector va del poema o del folletín a los otros "artículos" de la prensa: a las crónicas y a las notas editoriales. Y los periódicos en sí se abren a redes discursivas de libros y con otras gacetas otras más amplias (locales, nacionales e internacionales). Es una lectura más abierta y más social, dado que los periódicos (sobre todo los periódicos con folletines) circulaban de mano en mano y frecuentemente se leían en voz alta y se comentaban en grupos familiares o de amigos. Las principales novelas nacionales se benefician de ambos tipos de lectura al ser publicadas inicialmente como folletines y luego editadas como libro, en múltiples ocasiones. Considero que es fundamental volver a "leer" esas novelas, como Juan de la Rosa, en el contexto de los periódicos. En un contexto periodístico cada vez más comercial y conectado a los mercados internacionales, pero también profundamente preocupado por las celebraciones patrióticas, la (falta de) integración nacional, y el excesivo "localismo" o "provincialismo" nacionales, muchas notas editoriales de El Heraldo dialogan en sintonía con Juan de la Rosa. Menciono, como ejemplos, artículos que resaltan la importancia de Cochabamba en el quehacer y destino nacionales; los que critican costumbres populares (como los toros); los que expresan temor a la movilización de clases populares; y los que exaltan la necesidad de fomentar y renovar el patriotismo. También podemos seguir en la prensa el papel de "literato-estadista" de Nataniel Aguirre, autor de esta obra, que sigue reproduciendo el paradigma del letrado anteriormente aludido. Aguirre fue prefecto de su departamento, ministro de estado, historiador, y literato. Mientras se publicaba su folletín y salía su libro, daba "conferencias" públicas sobre historia nacional o deberes ciudadanos en asociaciones cívicas y escuelas de artesanos; publicaba folletos literarios o de temas políticos, como uno en co-autoría titulado "Intereses nacionales" además de los otros ya mencionados. Incluía sus poemas en las páginas de los periódicos, y los cronistas de un periodismo cada vez más ágil comentaban sus obras serias o las literarias en la prensa, a la vez que recordaban su trabajo como estadista lo felicitaban sus esfuerzos como profesor universitario. Poco después, se puede seguir la recepción temprana de la obra. Rescatar la cultura del folletín en que nació y primero se leyó Juan de la Rosa, entonces, enriquece la lectura de nuestra novela nacional en el presente.

 

NOTAS

1 Agradezco profundamente a Bernardo Serrano Velarde por facilitarme el acceso a su colección de El Heraldo y todas sus gentilezas. También revise periódicos en el Archivo Municipal de Cochabamba, la Hemeroteca de la Universidad Mayor de San Andrés, y el Archivo y Biblioteca Nacional de Bolivia, a los que también agradezco.

2 Doctor por la Universidad de Texas en Austin, enseña en The Ohio State University, en Columbus, Ohio, Estados Unidos, donde es profesor asociado. Ha publicado La imaginación histórica y el romance nacional en Hispanoamérica y varios ensayos sobre sujetos y subjetividades coloniales y postcoloniales; la construcción discursiva de las nacionalidades; periódicos, literatura y esfera pública; y la emergencia de la conciencia histórica. E-Mail: Unzueta.lfSíosu.edu

3 El artículo de García (2013), en particular, rastrea importantes noticias y anuncios, y una temprana crítica sobre Juan de la Rosa que no se habían estudiado anteriormente.

4 Demás estaría recordar aquí las decenas de novelas decimonónicas que llevan el nombre del protagonista como parte del título.

5 Para un temprano ensayo sobre el surgimiento de los folletines en Chile por esos años, ver Sarmiento (1845).

6 Menciono simplemente los capítulos de la obra (en vez del número de página) para facilitar el cotejo de las referencias en cualquiera de sus ediciones modernas y de fácil acceso. Estas múltiples ediciones, claro, son una de las características de las "novelas nacionales."

7 El libro de los Antezana incluye imágenes que reproducen el primer número del folletín (2012: 68) y la portada del libro (2012: 90), ambos de 1885.

8 García menciona estos datos, así como el listado de "Nataniel Aguirre, Juan de la Rosa, Cochabamba 1885" (con Aguirre como autor) en el catálogo de libros de la Biblioteca Departamental de Cochabamba, pero considera que son una "simple atribución," que aunque oficializada y aceptada por todos, no prueba la autoría de Aguirre (2013: 192). Me parece que esta atribución tiene mucho mayor apoyo documental y contextual que la de un supuesto memorialista llamado Juan de la Rosa.

9 La "tesis estimonial" de García (2013), según la cual Juan de la Rosa escribe sus "memorias verdaderas" y Nataniel Aguirre las edita y publica no parecería tener cabida en un sistema de propiedad intelectual bastante flexible y que distingue los derechos de autor de los del editor o de los del director de una imprenta. En la contratapa de Bolivia en la Guerra del Pacífico (Aguirre 1882-1883) leemos: "Es propiedad del director de El Heraldo según contrato con el autor"; en la primera edición de Juan de la Rosa en forma de libro dice: "Es propiedad del autor" ([Aguirre] 1885b). La llamada "segunda" edición de Juan de la Rosa, así como el segundo tomo de las Obras de Nataniel Aguirre. La bellísima Floriana... indican: "Es propiedad de la familia del autor" (Aguirre 1909) y "Es propiedad del Autor" (Aguirre 1911), respectivamente. Más importante que la creciente importancia del "Autor" (con mayúscula) en estos últimos dos libros me parece el hecho que la familia de Aguirre retenga los derechos de autor. En algunas publicaciones colectivas se reconoce el trabajo de recopilación del editor. En la contratapa de La Lira boliviana leemos: "Es propiedad del editor" (Rivas 1885).

10 En lo que en general me parece un valioso artículo (aunque no estoy de acuerdo con sus conclusiones), considero que en este aspecto García (2013) se equivoca. Se refiere a la Sociedad El 14 de Setiembre como a una "sociedad de cuestionable prestigio" (183) y a sus jóvenes miembros como una "fuerza de choque" (182). Utiliza el supuesto desprestigio de esta sociedad y su órgano publicitario (en El Heraldo se critica algunas de sus practicas periodísticas) para cuestionar la autoría de Aguirre. Volviendo al prólogo de la obra, en la que se remiten los manuscritos a esta Sociedad, sugiere que Aguirre simplemente los habría publicado directamente en El Heraldo, donde tenía muy buenos contactos. Juan de la Rosa, por lo contrario, "por la distancia geográfica que lo separaba de Cochabamba, no estaba al tanto de estas críticas y/o no tenía conexiones con El Heraldo" (2013: 184). Este argumento, además de presuponer la existencia de un Juan de la Rosa "real" que escribe sus memorias desde Caracato, malinterpreta las relaciones entre Aguirre y la Sociedad y las de ambos con El Heraldo. A pesar de ciertas rencillas entre cronistas, El Heraldo y El 14 de Setiembre siguen líneas editoriales parecidas, sobre todo en torno al tema de celebraciones patrióticas y la promoción la cultura nacional. Más importante aún es el hecho que Juan de la Rosa se dirige, como veremos, a la juventud del país y la Sociedad es, precisamente, una asociación cívica de juventudes.

11 También se elogian estos valores en Juan de la Rosa.

12 La importancia de los levantamientos de Cochabamba en en conexto de la independencia nacional y sudamericana es uno de los argumentos de interpretación histórica centrales de Juan de la Rosa.

13 Antes de que se reconozca oficialmente a Aguirre como autor de la obra, aquí el editor de El Heraldo ya distingue entre "Juan de la Rosa" (como título de la obra) y su "autor."

4 Para la recepción de Juan de la Rosa en las historias literarias, ver Soto (2015, en prensa). Para una reciente síntesis de las principales interpretaciones críticas de la obra, ver Mercado V. (2014).

15 En la sección editorial de El Heraldo no. 1006 (15 enero, 1886) y no. 1010 (26 enero, 1886). La primera "Colaboración" sale firmada por "B.G.," con la nota "(Continuará)". La segunda parte del artículo sale con el mismo título, "Una Novedad Literaria," firmada por "V.G." y con la nota "(Concluirá)." No se encuentra la tercera parte o conclusión. En el N° 1011 se aclara que V.G. (y no B.G.) son las iniciales correctas del autor del artículo.

16 No creo que que se pueda confundir el "género" al que se refiere este temprano artículo, la novela histórica, con el de las memorias.

17 Es probable que V.G., como los editores de El Heraldo, estuvieran al tanto de la autoría de Juan de la Rosa pero decidieran respetar el deseo de anonimato.

18 Recientemente intercambié comunicación con Juan Pablo Soto sobre este tema. Le agradezco sus comentarios.

 

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